Rita y yo vamos al supermercado
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- 9 ago
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Análisis cinematográfica sobre el cortometraje de Jessica Mitrani
Por Carmen Viveros Celín
Rita y su marido intentan tener sexo en un lecho bordado de flores. Mientras tanto, la madre de Rita la acosa con insistentes mensajes dejados en el contestador telefónico para que se embarace pronto. Los mensajes retumban en la habitación de la pareja como una sentencia. El momento, obvio, se enfría y Rita se agobia. El marido manda a Rita a comprar “algo” al supermercado. Así comienza el cortometraje “Rita va al supermercado” (2000) de la barranquillera Jessica Mitrani (antes Grossman).
Cuando yo era niña, disfrutaba acompañar a mi madre al mercado. Primero fue la Plaza de San Nicolás, después Comfamiliar de la carrera 43 y, finalmente, la Olímpica de la 73, en Barranquilla. Ir al supermercado fue mi placer culposo hasta que terminé el bachillerato. Creo que todavía lo sigue siendo. Solo que ahora voy sola. Esa meca del capitalismo que son los hipermercados me parecía, de niña, una aventura para la vista y, ¿por qué no?, para el estómago: un yogur de Coolechera, un Manimoto o una latica de leche condensada, no me los quitaba nadie mientras mi mamá hacía lo suyo. Qué suerte que en esa época yo iba al (súper)mercado por voluntad propia y con la avidez e inocencia de quien quiere solo comerse un mecato.

Quizás por eso me resulta inevitable mirar el supermercado de Rita desde ese recuerdo. Aquel lugar que para mí estaba asociado al paseo, al descubrimiento y a pequeños placeres aparece, en el cortometraje, como un territorio completamente distinto. Rita no entra allí para elegir qué comprar, sino para enfrentarse, sin saberlo, a todo aquello que se espera de ella. El supermercado se convierte en una extensión del mandato social, un espacio aparentemente cotidiano donde le vigilan, preguntan, aconsejan, seducen, advierten y, sobre todo, le recuerdan cuál debería ser su lugar.
Y entonces pienso que también aprendí a ser mujer entre esos pasillos, sin saberlo. Mientras mi madre hacía el mercado y veía los cuerpos de las mujeres de las revistas, los productos que prometían belleza, juventud y deseo, en las parejas dibujadas en los empaques, los juguetes, los alimentos, las escenas familiares que parecían decirme, sin necesidad de palabras, cómo debía ser una mujer. El supermercado no era solamente un lugar donde se compraban cosas, era también un lugar donde aprendía, casi sin darme cuenta, ciertas formas de ser y de desear.
En el mundo de Rita, el supermercado no es un lugar para elegir qué llevar a casa, sino un lugar donde se despliega todo aquello que ella debería ser. Mitrani convierte ese espacio cotidiano en un escenario de revelación y, al hacerlo, consigue que lo que parecía doméstico y trivial adquiera una dimensión política. Rita tiene casi 30 años y ella, como mi madre, también nos lleva de paseo, en este cortometraje, por los pasillos de un supermercado en el que una serie de delirantes mujeres de todo tipo la asaltan con miradas teatrales, preguntas inquisidoras, canciones pop, mensajes encriptados y símbolos de todo tipo. Monjas, casadas infieles, artistas, sociólogas, princesas, embarazadas… hijas que se parecen a sus madres se pasearán frente a ella para poner en jaque su feminidad y su propio deseo. En medio de esos pasillos, bañados de una luz blanca y fría, propia de supermercado, aparece una estética kitsch y una atmósfera casi onírica y surreal en la que los cupcakes pueden ser tetas, se habla con descaro de tabúes sexuales y los productos de limpieza se convierten en micrófonos con los que un grupo de mujeres entona, con desgarro, “Hacer el amor con otro”, de Alejandra Guzmán. Hasta la mismísima Frida Kahlo hace presencia como un espíritu invocado desde el más allá.

En aquel supermercado, todo en torno a Rita, libros de bolsillo y revistas rosas incluidos, se convierte en una especie de artefacto cultural que repasa frente a ella los estereotipos femeninos, sus posibilidades y sus rupturas. El humor, el exceso y el absurdo le permiten a Mitrani desmontar esos estereotipos sin necesidad de convertirlos en discurso explícito. Los pone a desfilar frente a Rita, como mercancías en los estantes, para que ella, y también nosotras, podamos verlos en su dimensión más absurda.
Porque quizá el supermercado de Mitrani no sea tan distinto de aquel al que yo iba con mi madre. Solo que, bajo la mirada de Rita, aquello que parecía cotidiano comienza a revelar sus mecanismos. Allí están el matrimonio, la sexualidad, la infidelidad, la belleza, el deseo, la maternidad como destino y los mandatos impuestos a las mujeres. Todo está expuesto, empaquetado y listo para llevar. Como si la feminidad también fuera una mercancía para que eligiéramos, o para que nos recordaran que no siempre podíamos elegir.
Rita va al supermercado es una joya del cine del Caribe colombiano realizado por mujeres, una pieza pionera en el contexto barranquillero. Un parteaguas que, hace un cuarto de siglo, empezó a cuestionar los estereotipos de las mujeres, sus contradicciones y sus dilemas. Rita sale del supermercado siendo otra. ¿Acaso redimida por todas esas otras mujeres que, en cierta medida, son un poco ella misma también? ¿O simplemente consciente de que, para convertirse en ella, tendrá que aprender a mirar de otra manera aquello que durante tanto tiempo le dijeron que debía ser?
Ponte en contacto con la autora: carmenviveroscelin@gmail.com



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