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'Soñé su nombre' y el cine como forma de habitar la ausencia

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  • 8 abr
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: hace 6 días

Por Carmen Viveros Celín


En Colombia, la cifra de personas desaparecidas asciende a 132.877, según el más reciente informe de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas. Es un número que desborda cualquier intento de comprensión, una multitud de ausencias, un país atravesado por personas que ya no responden al llamado de su nombre. En medio de esa inmensidad, Soñé su nombre (2026), de la directora colombiana Ángela Carabalí, decide detenerse en uno solo, Esau, su padre, desaparecido hace treinta años en el Cauca. Pero la película no busca aislarlo de esa cifra, sino devolverle su espesor humano, su latido, su persistencia, su historia.


El gesto que da origen a la película es íntimo y, a la vez, profundamente político, un sueño. En él, el padre irrumpe no como espectro sino como llamado. Ese impulso onírico activa el movimiento, y con él, la posibilidad del cine. Carabalí emprende entonces un viaje junto a su hermana desde Medellín hasta el Cauca, hacia el lugar donde su padre fue visto por última vez. Pero lo que en apariencia es una búsqueda, la tentativa de encontrar un cuerpo, una verdad definitiva, pronto se desplaza hacia otra forma de encuentro.


Soñé su nombre se construye como una travesía donde el territorio, más que escenario, se torna en interlocutor. A medida que avanzan, las hermanas se sumergen en una red de memorias tejidas por familiares, amigos y antiguos compañeros de trabajo de Esau. Cada encuentro está cargado de una hospitalidad que desborda lo cotidiano, hay rituales, hay alimento compartido, hay palabras que no solo informan, sino que sostienen. En ese gesto colectivo, la película encuentra una de sus fuerzas más conmovedoras, comprendiendo que la memoria no es un archivo cerrado, es una práctica viva en tiempo presente, como acto de cuidado, como amor eficaz.


Fotograma del filme "Soñé su nombre" (2026, dir. Ángela Carabalí).
Fotograma del filme "Soñé su nombre" (2026, dir. Ángela Carabalí).

La película se distancia de cualquier ilusión de cierre. Lo que emerge, en cambio, son los ecos, las huellas que Esau dejó en quienes lo conocieron, su carisma, su compromiso con los derechos de los trabajadores, su manera de habitar el mundo, su fuerza vital. En este sentido, el filme desplaza la lógica forense de la búsqueda del ausente hacia una dimensión afectiva y política de la presencia. Esau no aparece, pero insiste, reexiste en las memorias de todos.


El cine de Carabalí se sitúa en ese umbral donde la ausencia se vuelve forma. La cámara no invade ni fuerza revelaciones, más bien, escucha. Se detiene en los rostros, en los silencios, en los paisajes que parecen guardar una memoria propia. El Cauca, con su densidad histórica y simbólica, es un cuerpo que habla, que acoge, que también duele. En ese diálogo entre las hijas y el territorio, la película encuentra una suerte de bálsamo, que no pretende borrar el pasado, sino abrir la posibilidad de seguir habitando la pérdida con una capacidad de entendimiento renovada.


Fotograma del filme "Soñé su nombre".
Fotograma del filme "Soñé su nombre".

Hay en Soñé su nombre una ética de la búsqueda que se resiste al espectáculo del dolor. La película no explota la desaparición, no la convierte en cifra ni en relato cerrado; la sostiene en su complejidad, en su opacidad. Y al hacerlo, abre un espacio para pensar el duelo más allá de la resolución, como una forma de vínculo afectivo que persiste en el tiempo.


En última instancia, la película es también un acto de filiación. Nombrar al padre, soñarlo, buscarlo, filmarlo, son gestos que reconstruyen una relación interrumpida por la violencia. Pero esa reconstrucción no ocurre en soledad, es colectiva, tejida en la palabra de otros, en la memoria compartida, en el territorio que guarda y custodia/devuelve fragmentos. Así, el cine se convierte en un lugar de encuentro, en una forma de convocar lo ausente sin pretender fijarlo.


Soñé su nombre no ofrece respuestas definitivas, en su lugar, deja una pregunta abierta que resuena más allá de la pantalla: ¿cómo se nombra a quienes faltan sin reducirlos a su desaparición? La película ensaya una posible respuesta: escuchando, caminando, recordando con otros. Y, sobre todo, soñando su nombre.



Ponte en contacto con la autora: carmenviveroscelin@gmail.com

 
 
 

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